domingo, 18 de enero de 2015

Conflictos con el padre.-En nuestro interior, olvidado en algún rincón de nuestra alma, el niño que fuimos llora todavía. No fue atendido en algún momento clave, quizás fue golpeado, y muchas veces se sintió incomprendido. Su padre no jugó con él. No ha podido heredar, contagiarse de la fuerza y el valor, pues su padre no estuvo cerca. Las heridas de este niño son más graves de lo que el común de las gentes puede aceptar.

Conflictos con el padre

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https://drive.google.com/file/d/0B4LqR57m8NH2MjhwREZBVGhzeXc/view?usp=sharing

En nuestro interior, 
olvidado en algún rincón de nuestra alma, 
el niño que fuimos llora todavía.


No fue atendido en algún momento clave, quizás fue golpeado, y muchas veces se sintió incomprendido.
Su padre no jugó con él. No ha podido heredar, contagiarse de la fuerza y el valor, pues su padre no estuvo cerca. Las heridas de este niño son más graves de lo que el común de las gentes puede aceptar.
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"No hay para tanto", "La vida es así", "Los padres no pueden ocuparse de los niños, han de trabajar", son frases que surgen con ansiedad de los labios de quienes llevan dentro un niño que llora incluso más fuerte. Son sólo tapaderas, pero ellos no lo saben. Para sobrevivir, tuvieron que eludir el tremendo dolor infantil, y recubrirlo con gruesas capas de preceptos, tópicos, dogmas.

Pero es esencial revivir ese dolor. Esa indignación. Y sentir que el culpable fue el padre y la madre, y en ningún caso el niño. Sólo después de esa catarsis, que puede durar muchos años, sólo entonces es posible perdonar a los padres. Pero nos impedimos sentir esa descomunal indignación y nos apresuramos a "perdonar" a quienes nos hirieron, y entonces nos pasamos la vida enojándonos con el jefe, con la pareja, con los hijos. Sustitutos de nuestra rabia acumulada, que responden a su vez desde sus propios niños interiores dañados.

Este texto fue escrito por Mª José Batres y expresa perfectamente algunos sentimientos que son muy poderosos y que en ocasiones se ocultan ante ojos propios y ajenos.

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"Os traigo un texto precioso, que la Vida puso ante mí en el blog de Mermaid, y que me emocionó sobremanera; me sentí atraída para traerlo ante vosotr@s y poder compartir la experiencia tan importante, en este mundo de ilusión, del maya, que es la de las relaciones paterno-filiales; a lo que ella, ha accedido totalmente complaciente.

Mermaid nos abrió su corazón con valentía para sanarlo, cada día un poco más, a base de la aceptación que tan necesaria nos es. Es la experiencia vital, realmente.

De manera paralela, eso está sucediendo en mí, en estos últimos meses... desde el pasado 9 de noviembre en que mi padre hizo la transición a otros planos...
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Si ella nos regalaba la vista de una playa hermosa, me atrevo a suponer, como símbolo de esa calidez con que relaciona a su padre, y al mismo tiempo de la soledad que le dejó con su ausencia... yo, he elegido entre mis acuarelas, ésta del iceberg, para adelantaros ya la emocionalidad, que se simboliza en sus aguas, pero con la frialdad helada que la figura de mi padre me sugirió siempre...

Siempre le reproché su ausencia, su no dedicación, su mal humor... eso me hacía dudar de mi "validez" como hija... quizás yo "no sabía hacerlo bien" para que él me quisiera... Eso dolía...

Con el tiempo observé que no era a mí sola, a quien no manifestaba afecto... El dolor... y el resentimiento por este dolor, era compartido...

Con la madurez y la distancia física, aprendí a "callar" ese dolor, aunque su poso, su reverberación, siempre se escuchaban en el momento más inoportuno hasta que, por pura supervivencia, decidí comenzar a sanar "eso"...

En medio de mi nueva decisión, mi padre también decidió... se apagó a los 91 años, aunque no estuvo realmente "encendido" nunca... Y lo digo con sumo respeto y compasión...

Sí, ahora sé mucho de él que nunca quise saber:
Que no estaba en su camino "hacer" las cosas de manera diferente a como surgieron.
Que no supo, que no pudo!
Que no conoció herramientas para enamorarse de la vida, ni de nadie, y que no sabía tampoco el lenguaje o el idioma que utilizaba su alma.
Que no se amó nunca... tampoco pudo hacerlo a otros...
Que siempre se sintió separado, solo, en las trampas y la reclusión del ego...

Y la lección más maravillosa de todo ello, es reconocerlo como el gran maestro que para mí ha supuesto, enseñándome con total perfección "como actuar si querías vivir tu vida desde la infelicidad, inconsciencia e ignorancia más absolutas".

Tres semanas antes de su muerte, la Vida me regaló un viaje para poderme reconciliar con él; no me reconoció, ni siquiera abrió los ojos en la horita que pasé con él tomándole de la mano y despidiéndome de él con una presencia que nunca antes nos unió...
Aún arrastro una secuela de no aceptación, que AHORA, con vuestro permiso, es momento de soltar en esta catarsis.

Mi agradecimiento más profundo a la Conciencia que así ha querido manifestarse, pues no poniéndomelo fácil, tanto me ha mostrado, y a él, a su alma, por haberse prestado al Gran Juego!

Y, AHORA, me uno a Ella y a vosotr@s en este divino texto, a través del que me reencuentro con quien es mi padre, AHORA, y que es el padre universal, pues todos somos Uno!

Porque así lo decido!

Infinitas gracias también por vuestra paciencia y amor. Soy consciente de lo largo de la entrada.

(Mermaid, tomo también prestada la preciosa fotografía que utilizas en tu blog)"


Mi padre no fue un gran hombre
Parte del prólogo de “Ser padre es cosa de hombres”. Sergio Sinay.
"Mi padre se llamaba Moisés. Era hijo de Miguel y de Lea. Fue hermano de Marcos y de Rubén. Fue el marido de Miriam. Fue el padre de Horacio y de mí. Era el abuelo de Iván y de Javier. Cuando murió, hace dos días, tenía 85 años.

Mi padre no fue un gran hombre. Pero hacía el más sabroso café con leche que jamás probé. Nos los preparaba cada mañana a Horacio y a mí, cuando íbamos al colegio, y nos lo servía con unos enormes panes con manteca y dulce.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero pelaba las naranjas como nadie. Las dejaba sin un rastro de ollejo, brillosas, lisas, tentadoras. Yo no quería comer naranjas si no las pelaba él.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero llenó de libros nuestra casa de la infancia y los dejó absolutamente a nuestro alcance. Nunca dijo "ese libro no es para vos". Y así aprendimos a amar la lectura desde chicos. Todavía hoy leo como entonces, como él. Con voracidad, con desorden, con placer. Mi casa está llena de libros, las bibliotecas son los muebles principales.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero a los 84 años aprendió a hacer señaladores de cuero, con sus dedos agarrotados, y me regaló uno, simple, bello y austero, con el que hoy guío mis lecturas.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando yo tenía 10 años y Horacio 7 y vivíamos en La Banda, Santiago del Estero, compró entradas y un 9 de julio nos llevó a la cancha del Club Mitre a ver a River, que venía de gira. Seguimos el partido subidos a un sulky, porque no había lugar para nadie. Fue la primera vez que vi a River, y lo vi con Carrizo, con Lostau, con Labruna, con Pérez, con Pipo Rossi. Mi padre era hincha de Independiente, nosotros nos hicimos de River.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero nos llevaba cada domingo a la cancha a ver a Central Argentino, de La Banda, a pesar de que él era hincha del eterno rival, Sarmiento. Y hasta se alegraba con nosotros si ganaba Central.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero una tarde de mi adolescencia, en la trastienda de la farmacia que él y mi madre tenían en La Banda, me explicó cómo se hacían los chicos. Tartamudeaba y estaba rojo y sudoroso. Yo ya sabía, pero me fascinó su explicación.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero cuando hice mi viaje de egresado, en tren desde Santiago a Mendoza con mis compañeros del Colegio Nacional Absalón Rojas, me llamó aparte en el andén y me dio tres preservativos. "Tomá, por si los necesitás", me dijo. Y otra vez estaba rojo y sudoroso.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero un día, cuando cumplí doce años, se apareció en casa con el curso de dibujo de Los Doce Famosos Artistas como regalo. Y yo, que amaba las historietas, tuve como profesores a Hugo Pratt, a Alberto Breccia y a otros así. (...)

Mi padre no fue un gran hombre. Pero supo despedirse antes de partir. El domingo a las cinco de la mañana me desperté y no pude volver a dormir por un largo rato. Era una hora silenciosa y quieta. De marea en baja. Entonces supe que, en la sala de terapia intensiva del hospital, él estaba muriendo. Que me despertaba suavemente, como cuando en las mañanas frías del colegio se acercaba a mi cama, me tocaba suavemente el hombro y me decía, en un susurro, "Pichu...arriba". Y que esta vez lo hacía para despedirse. En mi cama, en la oscuridad, no luché contra el insomnio, simplemente me despedí de él, le deseé buen viaje, le agradecí lo que tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre nosotros. Ninguna.

Me dormí nuevamente a las siete y el teléfono sonó a las ocho para pedirnos que fuéramos con urgencia al hospital. Entonces le dije a Marilen: "Mi Viejo murió hoy a las cinco y media, es eso lo que nos van a informar". Un par de horas después, nos entregaron un certificado de defunción que decía: "hora del fallecimiento: 5:30".
Mi padre no fue un gran hombre. Pero enfrentó a la muerte entero y vivo. Peleó con sabiduría, conocedor de que la batalla sería posible mientras hubiera equivalencia. Cuando sintió que ya estaba, que había hecho lo suyo, que las reglas de juego habían dejado de ser parejas, dijo basta. No lo dijo como un derrotado. Había comido una porción de las grandes (como a él le gustaban) de la vida; su último año y medio había sido de placer, de reivindicación y de buena vida. Entonces decidió que estaba a punto y murió. En su muerte, fue un modelo. Y no es poca cosa.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero murió como un señor. Sin degradarse sin deterioro, sin corromperse, como una persona íntegra y consciente. No huyó, no tuvo miedo, llegó vivo a su muerte. Y cuando lo vimos, antes de ocupar su cajón, su rostro era plácido, pacífico, como quien sueña sueños íntimos y felices o como quien observa deslumbrado algo que lo hará feliz pero de lo que no quiere hablar. Era, en ese momento y en ese lugar, en la morgue del hospital, nada menos, un viejo hermoso y sereno.
Así nos despidió. Soltándose, soltándonos.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue honesto.
Mi padre no fue un gran hombre. Pero fue amoroso.
Mi padre no fue un gran hombre. Y no importa. Los grandes hombres ocupan a veces, demasiado lugar. Asfixian. Y son acreedores de deudas que nos hacen la vida más pesada. Visto así, por suerte, mi padre no fue un gran hombre. En muchas cosas fue sólo un pequeño hombre. Pero más allá de todo fue algo más difícil y más importante. Mi padre fue un buen hombre.
Agradezco eso. Gracias, papá, por tu vida..."

Gracias por abrir tu corazón. Gracias por tu visita.


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